La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -¿Qué pasa? -exclamó, incorporándose completamente despierto con la prontitud de las gentes de mar.
El periodista estaba inclinado sobre él y le decía:
-¡Escuche, Pencroff, escuche!
El marino prestó oídos y no distinguía ningún ruido distinto al de las ráfagas de viento. -Es el viento -dijo.
-No -contestó Gedeón Spilett, escuchando de nuevo-; me parece haber oído...
-¿Qué?
-Los ladridos de un perro.
-¡Un perro! -exclamó Pencroff, que se levantó de un salto.
-Sí, ladridos...
-¡No es posible! -contestó el marino-. Y por otra parte, cómo, con los mugidos de la tempestad...
-Escuche... -insistió el periodista.
Pencroff escuchó más atentamente, y creyó, en efecto, en un instante de calma, oír ladridos lejanos.
-¡Y bien! -dijo Spilett, oprimiendo la mano del marino.
-¡Sí, sí! -contestó Pencroff.