La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Al oír estas palabras, el hombre tendido en el sofá se levantó y vieron su rostro: cabeza magnífica, frente elevada, mirada altiva, barba blanca, cabellera abundante y echada hacia atrás.
Aquel hombre se apoyó con la mano en el respaldo del diván, de donde acababa de levantarse; su mirada era tranquila; una enfermedad lenta le había consumido poco a poco, pero su voz parecía fuerte todavía, cuando dijo en inglés y en tono que anunciaba gran sorpresa:
-No tengo nombre, señor mío.
-Yo le conozco a usted -contestó Ciro Smith.
El capitán Nemo fijó su mirada ardiente sobre el ingeniero, como si hubiera querido aniquilarlo. Después, cayendo sobre los almohadones del diván, murmuró:
-¿Qué importa? De todos modos voy a morir.
Ciro Smith se acercó al capitán Nemo y Gedeón Spilett tomó su mano, que encontró ardiendo. Ayrton, Pencroff, Harbert y Nab se mantenían respetuosamente a distancia en un ángulo de aquel magnífico salón, cuyo aire estaba saturado de efluvios eléctricos. El capitán Nemo retiró inmediatamente su mano e hizo señas al ingeniero y al periodista de que se sentaran.