La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Todos lo miraban con verdadera emoción. Tenían delante “el genio de la isla”, el ser poderoso cuya intervención en tantas circunstancias había sido tan eficaz, el bienhechor a quien debían tanta gratitud. Ante sus ojos no tenían más que un hombre en vez del semidiós que habían creído hallar Pencroff y Nab, y aquel hombre estaba moribundo. Pero ¿cómo Ciro Smith conocía al capitán Nemo? ¿Por qué éste se había levantado de repente al oír pronunciar aquel nombre, que debía creer ignorado de todos?
El capitán volvió a su sitio, en el diván, y, apoyándose en su brazo, miraba al ingeniero, sentado a su lado.
-¿Sabe el nombre que he llevado? -le preguntó.
-Sí, señor -contestó Ciro Smith-, y sé el nombre de este admirable aparato submarino
-¿El Nautilus? -dijo con leve sonrisa el capitán.
-El Nautilus.
-Pero ¿sabe..., sabe usted quién soy yo?
-Sí, señor.
-Sin embargo, hace treinta años que no tengo comunicación con el mundo habitado, treinta años que vivo en las profundidades del mar, único lugar donde he encontrado la independencia. ¿Quién ha podido descubrir mi secreto?