La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -No soy yo quien debe juzgar al capitán Nemo -contestó Ciro Smith-, al menos en lo que concierne a su vida pasada. Ignoro, como todo el mundo, cuáles han sido los móviles de esta extraña existencia, y no puedo juzgar los efectos sin conocer las causas. Sin embargo, sé que una mano bienhechora se ha extendido constantemente sobre nosotros desde nuestra llegada a la isla Lincoln; que todos debemos la vida a un ser generoso, poderoso, y que ese ser es usted, capitán Nemo.
-Soy yo -contestó sencillamente el capitán.
El ingeniero y el periodista se habÃan levantado. Sus compañeros se acercaron, y la gratitud que rebosaba en sus corazones iba a manifestarse en ademanes y palabras. El capitán Nemo les detuvo con una seña y, con voz más conmovida que lo que quizá habrÃa querido, dijo:
-Cuando ustedes me hayan oÃdo...
Y el capitán, en pocas frases, claras y pronunciadas apresuradamente, dio a conocer su vida entera.
Su historia fue breve y, sin embargo, para referirla debió concentrar toda la energÃa que le quedaba: evidentemente luchaba contra una extrema debilidad. Muchas veces Ciro Smith le invitó a descansar, pero movió la cabeza como hombre que va a morir muy pronto y, cuando el periodista le ofreció sus cuidados, le respondió:
-Son inútiles; mis horas están contadas.