La jornada de un periodista americano en 2890

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—¡Entonces es el fin! —murmuró abatido el cónsul—. ¡El Reino Unido, Canadá y Nueva Bretaña son de los americanos, las Indias de los rusos, Australia y Nueva Zelanda son de ellas mismas! De todo lo que una vez fue Inglaterra, ¿qué nos queda? ¡Nada!

—¡Nada no, señor! —respondió Francis Benett—. ¡Les queda Gibraltar!

Dieron las doce en ese momento. El director del Earth Herald terminó la audiencia con un ademán, abandonó el salón, se sentó en un sillón de ruedas y llegó en pocos minutos a su comedor, situado a un kilómetro de allí, en el extremo de su mansión.

La mesa está servida. Francis Benett ocupa su lugar. Al alcance de su mano está dispuesta una serie de grifos y, ante él, se redondea el cristal de un fonotélefoto, sobre el cual aparece el comedor de su mansión de París. A pesar de la diferencia horaria, Mr. y Mrs. Benett convienen en tener sus comidas al mismo tiempo. Nada más encantador que almorzar así, frente a frente, a mil leguas de distancia, viéndose y hablándose por medio de aparatos fonotelefóticos.

Pero en este momento la sala en París está vacía.

—Edith estará retrasada —se dice Francis Benett—. ¡Oh, la puntualidad de las mujeres! Progresa todo, menos eso…


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