La vuelta al mundo en 80 días
La vuelta al mundo en 80 días El señor Fogg no hizo movimiento alguno que demostrase la menor sospecha. El agente era un representante de la ley, y para todo inglés, la ley es sagrada. Picaporte, con sus hábitos franceses, quiso hacer observaciones, pero el agente le tocó con su varilla, y Phileas Fogg le hizo seña de obedecer.
—¿Puede acompañarnos esta joven dama? —preguntó el señor Fogg.
—Puede hacerlo —respondió el agente.
El señor Fogg, Aouda y Picaporte, fueron conducidos a un palki ghari, especie de carruaje de cuatro ruedas y cuatro asientos, tirado por dos caballos. Partieron sin que nadie hablase durante el trayecto, que duró unos veinte minutos.
El carruaje atravesó primeramente la ciudad «negra» de calles estrechas formadas por unos casuchos donde pululaba una población cosmopolita, sucia y andrajosa, y luego pasó por la ciudad europea, embellecida con casas de ladrillos, adornada de palmeras, erizadas de arboladuras, y que, a pesar de la hora, temprana, estaba ya recorrida por elegantes jinetes y magníficos carruajes.
El palki ghari se paró delante de un edificio de apariencia sencilla, pero que no parecía apropiado para usos domésticos. El agente hizo bajar a sus presos —pues podía dárseles ese nombre— y los llevó a un aposento con rejas, diciéndoles: