La vuelta al mundo en 80 dÃas
La vuelta al mundo en 80 dÃas A las ocho y media la puerta del cuarto se abrió. El agente de policÃa volvió a presentarse e introdujo a los presos en la pieza vecina. Era una sala de audiencias, y habÃa un público bastante numeroso compuesto de europeos y de indÃgenas, que ocupaba el pretorio.
El señor Fogg, la princesa Aouda y Picaporte, se sentaron en un banco frente a los asientos reservados para el juez y el escribano.
Ese juez, el juez Obadiah, no tardó en llegar seguido del escribano. Era un señorón regordete. Descolgó una peluca colgada de un clavo y se la puso con presteza.
—La primera causa —dijo; pero llevando la mano a su cabeza, exclamó—: ¡Eh! ¡Si no es mi peluca!
—En efecto, señor Obadiah, es la mÃa —repuso el escribano.
—Querido señor Oysterpuf, ¿cómo queréis que un juez pueda dictar una buena sentencia con la peluca de un escribano?
Se verificó el cambio de pelucas. Durante estos preliminares, Picaporte hervÃa de impaciencia porque la aguja le parecÃa andar terriblemente aprisa en el reloj grande del pretorio.
—La primera causa —repuso entonces el juez Obadiah.
—¿Phileas Fogg? —dijo el escribano Oysterpuf.
—Heme aquà —respondió el señor Fogg.
—¿Picaporte?