La vuelta al mundo en 80 dÃas
La vuelta al mundo en 80 dÃas Durante la noche, hacia las primeras horas de la mañana, la Tankadera entraba francamente en el estrecho de Fo-Kien, que separa la costa china de la gran isla de Formosa, y cortaba el trópico de Cáncer. El mar estaba muy duro en dicho estrecho, lleno de remolinos, formados por las contracorrientes. La goleta iba muy trabajada. La marejada quebrantaba su marcha, y era muy difÃcil tenerse de pie sobre cubierta.
Con el alba, el viento arreció más. HabÃa en el cielo apariencias de un cercano chubasco. Además, el barómetro anunciaba un próximo cambio en la atmósfera; su marcha diurna era irregular, y el mercurio oscilaba caprichosamente. La marejada hacia el Sureste se presentaba ampollada, como indicio precursor de la tempestad. La vÃspera se habÃa puesto el sol entre una bruma roja, en medio de los destellos forforescentes del Océano.
El piloto examinó, durante mucho tiempo, aquel mal aspecto del cielo, y murmuró, entre dientes, algunas palabras poco inteligibles. En cierto momento, dijo en voz baja a su pasajero:
—¿Puede decirse todo a Vuestro Honor?
—Todo —respondió Phileas Fogg.
—Pues bien; vamos a tener chubasco.
—¿Del Norte o del Sur? —preguntó sencillamente el señor Fogg.
—Del Sur. Vedlo. Se está preparando un tifón.