La vuelta al mundo en 80 dÃas
La vuelta al mundo en 80 dÃas La brisa amainaba sensiblemente, y la mar se calmaba al propio tiempo. La goleta se cubrió de trapo. Cuchillos, velas de estay, contrafoque, en todo hacÃa presa el viento, levantando espuma en el mar la roda.
A mediodÃa, la Tankadera no estaba a más de cuarenta y cinco millas de Shangai. Le faltaban seis horas para llegar al puerto, antes de la salida del vapor de Yokohama.
Los temores se despertaron con viveza. Se querÃa llegar a toda costa. Todos, excepto Phileas Fogg, sentÃan latir su corazón de impaciencia. ¡Era necesario que la goleta se mantuviese en un promedio de nueve millas por hora, y el viento seguÃa calmándose! Era una brisa irregular que soplaba de la costa a rachas, después de cuyo paso desaparecÃa el oleaje.
Sin embargo, la embarcación era tan ligera, sus velas, de tejido fino, recogÃan tan bien los movimientos sueltos de la brisa que, con ayuda de la corriente, a las seis, John Bunsby no contaba ya más que diez millas hasta la rÃa de Shangai, porque esta ciudad está situada a doce millas de la embocadura.
A las siete todavÃa faltaban tres millas hasta Shangai. De los labios del piloto se escapó una formidable imprecación. La prima de doscientas libras iba a escapársele. Miró al señor Fogg, quien estaba impasible, a pesar de que se jugaba en aquel momento la fortuna entera.