La vuelta al mundo en 80 días

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En efecto, al llegar a Yokohama, el agente, separándose del señor Fogg, a quien esperaba encontrar en el resto del día, se había dirigido inmediatamente al despacho del cónsul inglés. Allí encontró el mandamiento que, corriendo detrás de él desde Bombay, tenía ya cuarenta días de fecha, mandamiento que le había sido enviado de Hong Kong por el mismo Carnatic, a cuyo bordo se le creía. Júzguese del despecho que experimentó el detective. El mandamiento ya era inútil. ¡El señor Fogg no estaba en las posesiones inglesas, y era necesaria una carta de extradición para prenderlo!

—¡Corriente! —dijo para sí, después de pasado el primer momento de ira—. El mandamiento no sirve para aquí, pero me servirá en Inglaterra. Ese bribón tiene trazas de volver a su patria, creyendo haber desorientado a la policía. Bien. Le seguiré hasta allí. En cuanto al dinero, Dios quiera que le quede algo, porque en viajes, primas, procesos, multas, elefantes y gastos de toda clase, mi hombre ha dejado ya más de cinco mil libras por el camino. En fin de cuentas, el banco es rico.

Tomada su resolución, Fix se embarcó en el General Grant. Estaba a bordo cuando el señor Fogg y la princesa Aouda llegaron. Con sorpresa suya, reconoció a Picaporte bajo su traje de heraldo. Se ocultó al instante en su camarote, a fin de ahorrar una explicación que podía comprometerlo todo, y gracias al número de pasajeros, contaba con no ser visto de su enemigo, cuando aquel día se encontró precisamente con él a proa.


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