La vuelta al mundo en 80 días
La vuelta al mundo en 80 días Picaporte, en su cualidad de soltero por convicción, no miraba sin cierto espanto a esas mormonas, encargadas de hacer, entre muchas, la felicidad de un solo mormón. En su buen sentido, de quien se compadecía más era del marido. Le parecía terrible tener que guiar tantas damas a la vez por entre las vicisitudes de la vida, conduciéndolas así, en tropel, hasta el paraíso mormónico, con la perspectiva de encontrarlas allí, para la eternidad, en compañía del glorioso Smith, que debía ser ornamento de aquel lugar de delicias. Decididamente, no tenía vocación para eso, y le parecía, tal vez equivocándose, que las ciudadanas de Great Lake City dirigían a su persona miradas algo inquietantes.
Por fortuna, su residencia en la Ciudad de los Santos, no debía prolongarse. A las cuatro menos algunos minutos, los viajeros se hallaban en la estación y volvían a ocupar su asiento en los vagones.
Diose el silbido; pero cuando las ruedas de la locomotora, patinando sobre las vías, comenzaban a imprimir alguna velocidad al tren, resonaron estos gritos: ¡Alto! ¡Alto!
No se para un tren en marcha, y el que profería esos gritos era, sin duda, algún mormón rezagado. Corría desalentado, y afortunadamente para él no había en la estación puertas ni barreras. Se lanzó a la vía, saltó al estribo del último coche, y cayó sin aliento sobre una de las banquetas del vagón.