La vuelta al mundo en 80 días

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Esta circunstancia impresionó vivamente a la joven. Esta había cobrado afecto al hombre que, por frío que fuera, le daba diariamente muestras de la más absoluta adhesión. No comprendía, sin duda, toda la profundidad del sentimiento que le inspiraba su salvador, y aunque no daba a este sentimiento otro nombre que el de agradecimiento, había más que esto, sin sospecharlo ella misma. Por eso su corazón se oprimió cuando reconoció al grosero personaje a quien tarde o temprano quería el señor Fogg pedir cuenta de su conducta. Evidentemente, era la casualidad sola la que había traído al coronel Proctor; pero, en fin, estaba allí, y era necesario impedir a toda costa que Phileas Fogg percibiese a su adversario.

La princesa Aouda, cuando el tren echó de nuevo a andar, aprovechó un momento en que el señor Fogg dormitaba para poner a Fix y Picaporte al corriente de lo que ocurría.

—¡Ese Proctor está en el tren! —exclamó Fix—. Pues bien: tranquilizaos, señora; antes de entenderse con el llamado… con el señor Fogg, ajustará cuentas conmigo. Me parece que, en todo caso, yo soy quien ha recibido los insultos más graves.

—Y además —añadió Picaporte—, yo me encargo de él, por más coronel que sea.


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