La vuelta al mundo en 80 dÃas
La vuelta al mundo en 80 dÃas —Tal vez seré más diestro en otro —dijo Phileas Fogg, levantándose.
—¡Sólo de vos depende ensayarlo, hijo de John Bull! —replicó el grosero personaje.
La princesa Aouda habÃa palidecido, afluyendo toda su sangre al corazón. Se habÃa asido del brazo de Phileas Fogg, que la repelió suavemente. Picaporte iba a echarse sobre el americano, que miraba a su adversario con el aire más insultante posible, pero Fix se habÃa levantado, y yendo hacia el coronel Proctor, le dijo:
—Olvidáis que es conmigo con quien debéis entenderos, porque no sólo me habéis injuriado, sino golpeado.
—Señor Fix —dijo Fogg—, perdonad, pero esto me concierne a mà solo. Al pretender que yo hacÃa mal en jugar espadas, el coronel me ha injuriado de nuevo, y me dará una satisfacción.
—Cuando queráis y donde queráis —respondió el americano—, y con el arma que queráis.
La princesa Aouda intentó en vano detener al señor Fogg. El inspector hizo inútiles esfuerzos para hacer suya la cuestión. Picaporte querÃa echar al coronel por la portezuela, pero una seña de su amo lo contuvo. Phileas Fogg salió del vagón, y el americano lo acompañó a la plataforma.
—Caballero —dijo el señor Fogg a su adversario—, tengo mucha prisa en llegar a Europa, y una tardanza cualquiera perjudicarÃa mucho mis intereses.