La vuelta al mundo en 80 días
La vuelta al mundo en 80 días La pradera por donde corría el trineo era tan llana, que parecía un inmenso estanque helado. El ferrocarril que cruzaba por esa región subía del Suroeste al Noroeste por Grand Island, Columbus, ciudad importante de Nebraska, Schuyler, Fremont y luego Omaha. Seguía en todo su trayecto por la orilla derecha del río Platte. El trineo, atajando, recorría la cuerda del arco descrito por la vía férrea. Mudge no podía verse detenido por el río Platte, en el recodo que forma antes de llegar a Fremont, porque sus aguas estaban heladas. El camino se hallaba, pues, completamente libre de obstáculos, y a Phileas Fogg sólo podían darle cuidado dos circunstancias: una avería en el aparato o un cambio de viento.
La brisa, sin embargo, no amainaba, y antes al contrario, soplaba hasta el punto de poder tumbar el palo, si bien le sostenían con firmeza los obenques de hierro. Esos alambres metálicos, semejantes a las cuerdas de un instrumento, resonaban como si un arco hubiese provocado sus vibraciones. El trineo volaba, acompañado de una armonía plañidera de muy particular intensidad.
—Esas cuerdas dan la quinta y la octava —dijo el señor Fogg.
Fueron éstas las únicas palabras que pronunció durante la travesía. La princesa Aouda, cuidadosamente envuelta en los abrigos y mantas de viaje, estaba preservada, en lo posible, del alcance del frío.