La vuelta al mundo en 80 días
La vuelta al mundo en 80 días El 16 de diciembre no había todavía retraso de cuidado, porque era el día septuagésimo quinto desde la salida de Londres. La mitad de la travesía estaba hecha ya, y ya habían quedado atrás los peores parajes. En verano se hubiera podido responder del éxito, pero en invierno se estaba a merced de los temporales. Picaporte abrigaba alguna esperanza, y si el viento faltaba, al menos contaba con el vapor.
Precisamente aquel día, el maquinista tuvo sobre cubierta alguna conversación viva con el señor Fogg.
Sin saber por qué, y por presentimiento, Picaporte experimentó viva inquietud. Hubiera dado una de sus orejas por oír con la otra lo que decían. Pudo al fin recoger algunas palabras, y entre otras, las siguientes, pronunciadas por su amo:
—¿Estáis cierto de lo que aseguráis?
—Seguro, señor. No olvidéis que, desde nuestra salida, estamos caldeando con todas las hornillas encendidas, y si tenemos bastante carbón para ir a poco vapor de Nueva York a Burdeos, no lo hay para ir a todo vapor de Nueva York a Liverpool.
—Resolveré —respondió el señor Fogg.
Picaporte había comprendido, y se apoderó de él una inquietud mortal.
Iba a faltar carbón.