La vuelta al mundo en 80 dÃas
La vuelta al mundo en 80 dÃas —Pero ¿de qué modo consideráis la suerte que os aguarda?
—Como conviene hacerlo.
—En todo caso, la miseria no puede cebarse en un hombre como vos. Vuestros amigos…
—No tengo amigos, señora.
—Vuestros parientes…
—No tengo parientes.
—Entonces, os compadezco, señor Fogg, porque el aislamiento es cosa bien triste. ¡Cómo! No hay un solo corazón con quien desahogar vuestras pesadumbres; sin embargo, se dice que la miseria entre dos es soportable.
—Asà lo dicen, señora.
—Señor Fogg —dijo entonces Aouda, levantándose y dando su mano al caballero—; ¿queréis tener a un tiempo pariente y amiga? ¿Me queréis para mujer?
El señor Fogg, al oÃr esto, se levantó. HabÃa en sus ojos un reflejo insólito y una especie de temblor en los labios. Aouda le estaba mirando. La sinceridad, la rectitud, la firmeza y suavidad de esta mirada de una noble mujer que se atreve a todo para salvar a quien se lo ha dado todo, le admiraron primero y después lo cautivaron. Cerró un momento los ojos, como queriendo evitar que aquella mirada le penetrase todavÃa más, y, cuando los abrió, dijo sencillamente: