Las Indias Negras
Las Indias Negras -¡Oh, no! ¡De ninguna manera!..., pero es usted tan entusiasta, que me ha contagiado a mí, llevándome hasta suponer lo imposible ... Pero volvamos a la realidad, que de todas maneras es bastante halagüeña. Dejemos aquí las herramientas, que ya encontraremos a nuestro regreso, y vayamos en camino de vuelta a la cabaña. En efecto, nada era va más sensato que regresar. En el momento oportuno, el ingeniero, con una dotación de mineros y todas las herramientas necesarias, volvería para recomenzar la explotación de la Nueva Aberfoyle. Lo que se imponía ahora era el regreso a la cabaña. El camino no podía ser difícil, pues las galerías corrían casi en línea recta entre las rocas, hasta la entrada flecha con la dinamita. No existía ningún peligro de extraviarse. Cuando ya emprendían la marcha, Simon Ford, con muestras de visible emoción, manifestó a James Starr:
-¿Ve usted esa inmensa gruta. . ., ese lago con su playa que se extiende a nuestros pies. . Pues ... aquí mismo trasladaré yo mi morada.
. ., y si algunos compañeros quieren seguirme. . ., ¡antes que transcurra un año, habrá una nueva población en las entrañas de las rocas de nuestra Nueva Inglaterra!
James Starr aprobó sonriente los proyectos del viejo minero. Le estrechó con calor la mano y junto con su hijo y precedidos por Madge, penetraron en la galería que los conducirla nuevamente a la mina Dochart.