Las Indias Negras
Las Indias Negras No saludó, pues, a la plazoleta donde los montañeses descargaban sus fusiles tras la victoria del Pretendiente, a riesgo de matar a Flora Mac Ivor. El reloj de la prisión mostraba en medio de la calle su cuadrante: él lo miró para asegurarse que no llegaría tarde a la hora de salida. Por eso debemos suponer que tampoco vio en Nelher-Bow la casa del gran reformador John Knox, el único hombre que no pudo ser seducido por las sonrisas de María Estuardo.
Algunos minutos más tarde, James Starr llegó a la estación del "General Railway", y el tren le dejó, en poco más de media hora, en Newhaven, la bonita población de pescadores, situada a dos kilómetros de Leith, que constituye el puerto de Edimburgo. La marca creciente cubría en esos momentos la playa rocosa del litoral. Las primeras olas bañaban una estacada, especie de rompeolas sujeto por cadenas. En la izquierda, amarrado al muelle, uno de esos navíos que hacen el servicio de pasajeros por el Forth, entre Edimburgo y Stirling.
En esos momentos la chimenea del "Príncipe de Gales", que así se llamaba el barco, lanzaba nubes de humo negro, y su caldera roncaba sordamente. Al repicar la campana de a bordo, los viajeros rezagados se apresuraron.