Las Indias Negras

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Esa tarde James Starr preparó sus cosas para partir al día siguiente. Como quizá estuviera ausente durante cierto tiempo, previno por carta al presidente de la "Royal Institution", sir W. Elphiston, diciéndole que no podría asistir a la reunión de la sociedad. Asimismo se desligó de ciertos compromisos que tenía para esa semana, y tras  haber dado orden a su criado de prepararle una maleta, se acostó, más impresionado de lo que quizás el asunto valiera la pena estarlo. Al siguiente día, a las cinco, James Starr saltaba de su lecho, y tras abrigarse convenientemente, pues caía una lluvia fría, abandonó su casa de Canongate para ir a Granton-pier a tomar el vapor que le llevaría por el Forth hasta Stirling.

Por primera vez quizá en mucho tiempo, James Starr, mientras atravesaba Canongate no se volvió para mirar a Holyrood, el palacio de los antiguos reyes de Escocia. Así no pudo ver, frente a sus portales, a los centinelas, vestidos con sus arcaicos uniformes escoceses, pollera de tela verde a cuadros, y una bolsa de piel de cabra con largos pelos, colgando en bandolera. Pese a que el ingeniero era fanático lector de Walter Scott, como todos los verdaderos hijos de la antigua Caledonia, en esta oportunidad ni siquiera miró de reojo al albergue donde estuvo Waverley, y en el que un sastre le hizo el famoso traje de tartán, que provocaba una admiración tan inocente en la viuda Flockhart. 


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