Las Indias Negras
Las Indias Negras Simon Ford, seguido por Harry, hizo entrar al visitante en la habitación, y James Starr se encontró en una vasta sala, iluminada por numerosas lámparas, que pendían del techo.
La mesa, recubierta por un mantel de alegres colores, parecía aguardar a los comensales, para quienes estaban reservadas cuatro sillas de cuero.
-Buen día, Madge -saludó el ingeniero.
-Buenos días, señor James -repuso la buena mujer, que se incorporó para recibir a su huésped.
-Estoy encantado de volverla a ver.
-Lo mismo yo, señor James; es siempre agradable encontrar a la gente que nos ha tratado bien.
-La sopa espera, mujer, y no hay que hacerla aguardar, ni a ella ni al señor Starr - interrumpió Simon Ford -. Trae un hambre de minero, y verá que nuestro hijo no deja que falte nada en la casa. Y volviéndose hacía Harry agregó:
-A propósito, Jack Ryan ha venido a verte...
-Ya lo sé, padre. Lo encontramos en el pozo Yarow.
-Es un buen camarada, y alegre por añadidura - dijo Simon Ford -. Pero parecería que le gusta estar “allá” arriba. ¡No tiene verdadera sangre de minero en sus venas! Pero vamos a comer, y copiosamente, que es posible que no podamos volver a cenar hasta muy tarde. En el momento en que estaban todos a punto de sentarse, James Starr exclamó: