Los amotinados de la Bounty

Los amotinados de la Bounty

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Sorprendidos primero por la oscuridad, y quizás luego pensando en la gravedad de sus actos, tuvieron un momento de vacilación.

—¡Eh! ¿Quién anda ahí? ¿Quién se atreve a…? —exclamó el capitán mientras se bajaba de su catre.

—¡Silencio, Bligh! —contestó Churchill—. ¡Silencio y no intentes resistirte, o te amordazo!

—Es inútil vestirse —agregó Bob—. ¡Siempre tendrás buen aspecto, aún cuando te colguemos del palo de mesana!

—¡Ata sus manos por detrás de su espalda, Churchill —dijo Christian—, y súbele hacia el puente!

—Los capitanes más terribles se convierten en poco peligrosos, una vez que uno conoce como tratarles —observó John Smith, el filósofo del grupo.

Entonces el grupo, sin preocuparse de despertar a los marineros de la última guardia, aún dormidos, subieron la escalera y reaparecieron sobre el puente. Era un motín con todas las de la ley. Sólo uno de los oficiales de a bordo, Young, un guardiamarina, había hecho causa común con los amotinados.

En cuanto a los hombres de la tripulación, los vacilantes habían cedido por el momento a la dominación, mientras los otros, sin armas y sin jefe, permanecían como espectadores del drama que iba a tener lugar ante sus ojos.


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