Los exploradores del siglo XIX
Los exploradores del siglo XIX «Navegábamos pacíficamente por una espaciosa concha que rodeaban los verdes bosques de la ribera. Detrás de nosotros se levantaban las altas cimas de la isla cubiertas de una espesa alfombra de verdor, y sobre las cuales se balanceaban los troncos elegantes de los cocoteros. Delante de nosotros se levantaba en medio de las olas la pequeña isla de Leilei, cercada de lindas cabanas de los insulares, y coronada por un montículo de verdor. Únase a esto un día magnífico, y una temperatura deliciosa, y se podrá formar una idea de los sentimientos que llenaban nuestra alma en esta especie de marcha triunfal, en medio de un pueblo sencillo, pacífico y generoso».
Una multitud que d’Urville calculó en ochocientas personas, esperaba las embarcaciones delante de una aldea linda y aseada de calles bien empedradas. Toda aquella multitud, los hombres a un lado y las mujeres al otro, guardaban un silencio, muy imponente a la verdad.

Dos jefes vinieron a tomar a los viajeros por la mano para conducirlos a la morada del urosston. La multitud, siempre silenciosa, permaneció fuera de la casa, mientras que los franceses entraban en ella.