Los exploradores del siglo XIX

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Pronto apareció el urosston, viejo enflaquecido y pálido, abatido por la edad, pues lo menos debía tener ochenta años. Por política, los franceses se levantaron a su entrada en la sala; pero un murmullo de los circunstantes les hizo comprender que habían faltado a los usos establecidos.

Dirigiendo una mirada en torno suyo, vieron que toda la gente se hallaba prosternada y con la frente en el polvo. Los mismos jefes no habían prescindido de esta señal de respeto.

El viejo, suspenso un momento ante la audacia de los extranjeros, impuso silencio a su gente y fue a sentarse cerca de aquéllos. Los golpecitos dados sobre las mejillas, los hombros y los muslos, fueron las señales de amistad que prodigó a cambio de los pequeños regalos que le habían hecho, así como a su mujer. Pero el reconocimiento de estos soberano no se significó más que por el don de siete tois, cinco de los cuales eran de un finísimo tejido.

A la salida de esta audiencia, los franceses fueron a visitar la población, y se quedaron sorprendidos al encontrar dos colosales murallas de coral, de las que algunos trozos pesaban muchos miles de libras.


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