Los exploradores del siglo XIX

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San Dionisio, la capital, situada al Norte de Borbón y a la extremidad de una llanura inclinada, no era, propiamente hablando, más que una gran población sin cerca ni murallas, donde cada casa estaba cercada de un jardín. No había ningún monumento digno de citarse más que el palacio del gobernador, situado en una posición que dominaba toda la rada, el jardín botánico y el de naturalización, que data del año 1817. El primero, colocado en el centro de la ciudad, contenía hermosos paseos, por desgracia poco frecuentados, y estaba cuidado admirablemente. El eucaliptos el gigante de los bosques australianos; el phormium ténax, cáñamo neozelandés; la casuariná, pino de Madagascar; el baobab, de tronco de prodigiosa grosura; el carambolo, el zapote y la vainilla, formaban el adorno de este jardín, que regaban dos canales de agua viva. El segundo, sito en la cumbre de una ladera, formada de terraplenes escalonados, a los cuales varios arroyos llevaban la vida y la fecundidad, estaba destinado a la aclimatación de árboles y plantas de las comarcas europeas.

Los manzanos, melocotoneros, abridores, cerezos y perales, habían prendido admirablemente, surtiendo ya a la colonia de preciosos plantones. Cultivábase también en este jardín la vid, el arbusto del té, y muchas especies extranjeras, entre las cuales Bougainville se complace en citar el laurea argentea de hoja brillante.


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