Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur
Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur -No, he aquà los restos de una hoguera y las huellas del ganado de los indios, pero ya no volverán a pasar: el último terremoto se ha comido el camino.
-Ha vuelto impracticable el camino para los mulos, pero no para los hombres -acotó el mayor.
-Eso -respondió el capataz-ya no es problema mÃo. Yo he hecho lo que he podido; estoy dispuesto a retroceder, si quieren, y buscar otro paso.
-¿Llevara mucho tiempo?
-No menos de tres dÃas.
Glenarvan se quedó pensativo, luego se volvió y les preguntó a sus compañeros:
-¿Quieren pasar a pesar de los obstáculos?
-Queremos seguirlo -respondió Tom Austin.
-Y hasta adelantarnos -añadió Paganel-. ¿De qué se trata? Sólo debemos atravesar una cordillera, encontrar un fácil descenso y, al pie, hallar a los baquianos argentinos que nos guiarán por las pampas en caballos ligeros como el viento. Adelante, pues, sin dudar. -¡Adelante! gritaron los compañeros de Glenarvan.
-¿Usted no nos acompaña? -preguntaron al capataz.
-No, yo soy guÃa de mulos.
-Pasaremos sin él -dijo Paganel-. Al otro lado de este murallón encontraremos los senderos de Antuco y yo me comprometo a conducirlos tan directamente como el mejor guÃa de la cordillera.