Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur
Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur El mayor les explicó que el agua hervirÃa a menos de 90°, ya que cada 324 m disminuye un grado el punto de ebullición. En efecto, cuando hervÃa el agua introdujeron el termómetro y sólo marcó 87°. Pero lo más importante era calentarse y beber café. Lamentablemente la carne salada les resultó insuficiente; Paganel confesó que no le hubiera venido mal un buen bife de llama asada, ya que querÃa comprobar lo que se decÃa acerca de que la carne de llama reemplaza bien a la de buey y de carnero. La conversación les despertó el deseo a todos y se propusieron salir a cazar algo más sabroso que la carne reseca y salada que traÃan. Cuando ya se disponÃan a salir con sus armas, oyeron un ruido ensordecedor, eran gritos, aullidos de un rebaño que se acercaba rápidamente. Todos escucharon con gran curiosidad y se lanzaron fuera de la casucha para ver y oÃr mejor. La oscuridad era ya total; en el cielo sólo brillaban las estrellas. Los aullidos aumentaban y, de pronto, llegó hasta ellos una avalancha de seres locos de espanto; sólo atinaron a tirarse al suelo mientras aquel torbellino pasaba a su lado. Paganel, que aún permanecÃa de pie para ver mejor, fue derribado. Sonó un tiro: el mayor habÃa tirado al bulto y le pareció ver caer un animal, mientras el resto de la manada enloquecida desaparecÃa a la carrera.
- ¡Ah! Ya lo tengo -dijo la voz de Paganel.
-¿Qué?