Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur

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-¡Se van! -exclamó Roberto.

-Tal vez -respondió Glenarvan mientras atendía a cualquier ruido. Pero Thalcabe negaba con la cabeza, sabía que las bestias no abandonarían a sus presas hasta el nacimiento del día. Sólo era evidente que al ver que no podían entrar por esa abertura defendida por el fuego, tratarían de hacerlo por otra parte. No tardó en oírse el ruido de sus uñas que trataban de abrirse paso por la empalizada carcomida. Los caballos, aterrorizados, rompieron sus cabestros y echaron a correr por el lugar, locos de espanto. Glenarvan abrazó a Roberto como si lo defendiera con su cuerpo, mientras Thalcave ensillaba minuciosamente su caballo. Glenarvan lo miró sorprendido.

- ¡Nos abandona! -exclamó al verlo preparar su caballo.

-¡El! ¡Jamás! -dijo Roberto.

En efecto, el indio, lejos de abandonarlos, intentaba salvarlos sacrificándose por ellos. Thauka mordía el freno y se encabritaba, sus ojos, llenos de fuego, despedían relámpagos. Glenarvan tomó al indio del brazo y le dijo:

-¿Partes?

-Sí -respondió el indio que comprendió a su compañero en sus ademanes. Después añadió algunas palabras en español:


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