Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur

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-¿De qué sirven -preguntó Tom Austin-si no podemos fabricar pólvora?

-No necesitamos fabricarla. Mire qué me dejó Thalcave -dijo Mac Nabbs mientras les mostraba un frasco lleno de pólvora.

- ¡Qué indio generoso! -exclamó Glenarvan.

-¿A qué distancia estamos del Atlántico? -quiso saber el mayor.

-A menos de 80 km -respondió Paganel-. Y ahora, amigos míos, subiré para observar con mi largavista las novedades que se produzcan.

El sabio trepó ágilmente de rama en rama; el resto preparó sus dormitorios y luego se reunieron junto al fuego a conversar. Si las aguas bajaban pronto, podrían alcanzar rápidamente la costa y embarcarse en el Duncan. De inmediato la conversación se refirió al pobre capitán Grant, a la pena de no haber podido hallarlo y a que no tenían más esperanzas. Quien más se lamentaba era Roberto, ninguno sabía como consolarlo.

-Y sin embargo este 37° de latitud no es un número sin sentido; si se lo aplica al naufragio o al cautiverio, algo debe significar -interrumpió Glenarvan.

-Es cierto, milord -respondió Tom Austin-, y sin embargo nada hemos encontrado.

-Sólo motivos para irritarse y desesperarse -exclamó Glenarvan.


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