Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur
Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur Al día siguiente, la proximidad del océano se hizo sentir; unos treinta kilómetros antes de llegar al Cabo Corrientes, el viento marino ya agitaba los pastos; tuvieron que rodear varias lagunas salinas que brillaban como espejos en la llanura. A eso de las ocho divisaron los médanos cuya elevación no bajaba de los cincuenta metros, detrás de ellos se estrellaban las espumosas olas; pronto sintieron su murmullo.
- i El océano! -gritó Paganel.
Y aquellos peregrinos que casi ya no podían dar un paso, treparon los médanos con una agilidad increíble, llegaron a la costa y, en vano, intentaron divisar el Duncan entre las espesas sombras de la noche.
-¡Allí está! -decía Glenarvan, no pudiendo consolarse.
-Mañana lo veremos -respondió Mac Nabbs.
Tom Austin llamó haciendo bocina con sus manos, pero fue inútil, no podía ser oído por el ruido del viento y de las olas. El mismo pensaba que el Duncan debía hallarse por lo menos a cinco millas de la costa ya que ésta era muy peligrosa por sus bancos de arena y no ofrecía ningún reparo seguro ni puerto en que el yate pudiera refugiarse. Lo único que podían hacer hasta la madrugada era dormir, así que siguiendo el ejemplo de Mac Nabbs cavaron hoyos en la arena de los médanos y se acurrucaron lo mejor posible. Pronto todos, menos Glenarvan, dormían profundamente.