Miguel Strogoff
Miguel Strogoff «¡Pues bien! -se dijo, ya que toma la ruta de Perm, es casi imposible que no la encuentre. Así podré velar por ella sin que se dé cuenta, y como me da la impresión de que tiene tanta prisa como yo por llegar a Irkutsk, no,me ocasionará ningun retraso.»
Pero un pensamiento sugiere otro y no había pensado hasta entonces que en la hipótesis de que pudiera realizar esta buena acción, recibiría un buen servicio. Una idea nueva acababa de nacer en su mente y la cuestión se presentó ante él bajo otro aspecto.
«De hecho -se dijo-yo puedo tener más necesidad de ella que ella de mí. Su presencia no me será perjudicial y me servirá para alejar de mí las sospechas, ya que un hombre corriendo solo a través de la estepa puede fácilmente ser tenido por un correo del Zar. Si, por el contrario, me acompaña esta joven, puedo tranquilamente pasar ante los ojos de todos como el Nicolás Korpanoff de mi podaroshna. Es, pues, necesario que me acompañe. ¡Es preciso encontrarla! ¡No es probable que desde ayer por la tarde haya conseguido encontrar un coche para abandonar Nijni-Novgorod! ¡A buscarla, pues, y que Dios me guíe! »