Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Mientras esperaba, miró a su alrededor y... ¿qué vio? Allí, sobre un banco, echada más que sentada, una joven, presa de muda desesperación, aunque no pudo apenas distinguir su rostro porque unicamente su perfil se dibujaba sobre la pared. Miguel Strogoff no se había equivocado. Acababa de reconocer a la joven livoniana. Desconociendo el decreto del gobernador, había venido a la oficina del jefe de policía para hacerse visar su permiso... Pero se le había negado el visado. Sin duda estaba autorizada para ir a Irkutsk, pero el decreto era formal y anulaba todas las autorizaciones anteriores, por lo que los caminos de Siberia se le habían cerrado. Miguel Strogoff, dichoso por haberla encontrado al fin, se acercó a ella. La joven lo miró un instante y sus ojos brillaron por un momento al volver a ver a su compañero de viaje. Se levantó instintivamente de su asiento y, como un náufrago que se agarra a su única tabla de salvación, iba a pedirle ayuda... En aquel momento, el agente tocó la espalda de Miguel Strogoff.

-El jefe de policía le espera -dijo.

-Bien -respondió Miguel Strogoff.

Y, sin dirigir una sola palabra a la que tanto había estado buscando, sin prevenirla con algún gesto que podría haberlos comprometido a los dos, siguió al agente a través de los grupos compactos de gente.


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