Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Allí había gran afluencia de gente porque aunque los extranjeros tenían que abandonar el país, estaban igualmente sometidos a las formalidades de rigor. Sin esta precaución cualquler ruso mas o menos comprometido en el movimiento tártaro hubiera podido, gracias a cualquier ardid, pasar la frontera, lo que pretendía evitar el decreto. Se les expulsaba, pero necesitaban un permiso de salida. Así, pues, saltimbanquis, bohemios, cingaros, gitanos, mezclados con los comerciantes persas, turcos, hindúes, turquestanos y chinos, llenaban el patio y las oficinas de la policía.
Todos se apresuraban, ya que los medios de transporte iban a estar singularmente solicitados por tal multitud de expulsados y los que llegasen tarde corrían el riesgo de no poder cumplir con el plazo fijado, lo cual les expondría a la brutal intervención de los agentes del gobernador.
Miguel Strogoff, gracias al vigor de sus codos, pudo atravesar el patio, aunque entrar en la oficina y llegar hasta la ventanilla de los empleados era una hazaña realmente difícil. Sin embargo, unas palabras dichas al oído de un agente y la entrega de unos oportunos rublos fueron suficientes para abrirle paso.
El agente, después de introducirle a la sala de espera, fue a avisar a un funcionario de más categoria. No tardaría, pues, Miguel Strogoff, en estar en regla con la policía y libre de movimientos.