Miguel Strogoff

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Le pasó entonces por la imaginación que podía ser que la joven no conociera el decreto, circunstancia improbable, ya que un golpe como ése no podía asestarse sin ser conocido por todo el mundo. Además, interesada evidentemente por conocer cualquier noticia proveniente de Siberia, ¿cómo podía ignorar las medidas tomadas por el gobernador y que tan directamente la afectaban?

Pero, en fin, si ella las desconocía, estaría a aquellas horas en el embarcadero y allí, cualquier insoportable agente le negaría sin miramientos el pasaje. Era necesario verla antes a cualquier precio, para que gracias a él evitara tal contrariedad. Pero fueron vanos todos sus esfuerzos y estaba perdiendo toda esperanza de encontrarla. Eran entonces las once. Miguel Strogoff, aunque en cualquier otra circunstancia no era necesario, fue a presentar su podaroshna a la oficina del jefe de policía. El decreto no podía, evidentemente, afectarle, ya que esta circunstancia estaba prevista, pero quería asegurarse de que nada se opondría a su partida de la ciudad. Tuvo, pues, que volver a la otra orilla del Volga, en donde se encontraban las oficinas del jefe de policía. 




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