Miguel Strogoff

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Todos estos negociantes habían tenido que dejar en la bodega y en el puente sus abultados bagajes, cuyo transporte les debía de costar caro ya que, según el reglamento, cada persona no tenía derecho más que a un peso de veinte libras. En la proa del Cáucaso se agrupaban los pasajeros en mayor número, no solamente extranjeros, sino también aquellos rusos a los que el decreto no prohibía trasladarse a otras ciudades de la provincia.

Allí había mujiks, tocados con gorros o casquetes y portando camisas a cuadros pequeños bajo sus bastas pellizas; campesinos del Volga, con pantalón azul metido dentro de las botas, camisa de algodón de color rosa atada por medio de un cordón y casquete chato o bonete de fieltro. Se veían también mujeres vestidas con ropas de algodón floreado, con delantales de vivos colores y pañuelos de seda roja sobre la cabeza. Éstos constituían principalmente el pasaje de tercera clase a los que, por suerte para ellos, la perspectiva de un largo viaje de retorno no preocupaba demasiado. Esta parte del puente estaba muy concurrida y por eso los pasajeros de popa no se aventuraban demasiado a transitar entre aquellos grupos tan heterogéneos que tenían señalado su sitio delante de los tambores.



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