Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Y la condujo al camarote que había reservado para ella, situado en el salón de popa. Miguel Strogoff volvió al puente, ávido de noticias que pudieran modificar su itinerario y se mezcló entre los grupos de pasajeros, escuchando pero sin tomar parte en las conversaciones. Aparte de que si el azar quería que alguien le preguntase y se viera en la obligación de responder, se identificaría como el comerciante Nicolás Korpanoff, al que el Cáucaso llevaba en viaje de vuelta a la frontera, porque no quería que nadie sospechase que tenía un permiso especial para viajar por Siberia. Los extranjeros que el vapor transportaba no podían, evidentemente, hablar de los acontecimientos del día, del decreto y sus consecuencias, porque aquellos pobres diablos, apenas recuperados de las fatigas de un viaje a través de Asia central, no osaban exteriorizar de ninguna manera su cólera y su desespero. Un miedo con mezcla de respeto los enmudecía. Además, era probable que hubieran embarcado secretamente en el Cáucaso inspectores de policía encargados de vigilar a los pasajeros y, por tanto, más valía contener la lengua. La expulsión, después de todo, siempre era mejor que el confinamiento en una fortaleza. Así pues, entre aquellos grupos, o se guardaba silencio, o se hablaba con tanta prudencia que no se podía sacar de ellos nada provechoso.



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