Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -Enemigos.
-¡Sea, enemigos! ¡Tiene usted, querido colega, tal precisión al hablar que me es particularmente agradable! ¡Con usted sabe, al menos, a qué atenerse uno!
-¿Hay algo de malo en ello?
-Nada hay de malo. Pero a mi vez, le quiero pedir permiso para precisar nuestra reciproca situacion.
-Precise.
-Usted va a Perm... como yo.
-Como usted.
-Y, probablemente, desde Perm se dirigirá a Fkaterinburgo, ya que ésta es la mejor ruta y la más segura para franquear los montes Urales.
-Probablemente.
-Una vez traspasada la frontera, estaremos en Siberia, es decir, en plena invasión.
-Estaremos.
-Pues bien, entonces y solamente entonces será el momento de decir: «Cada uno para sÃ, y Dios para ... »
-Dios para mÃ.
-¡Dios sólo para usted! ¡Muy bien! Pero ya que tenemos a la vista unos ocho dÃas neutros y como no lloverán noticias durante el viaje, seamos amigos hasta el momento de convertirnos en rivales.
-Enemigos.