Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -¡SÃ! ¡Justamente, enemigos! Pero hasta entonces, pongámonos de acuerdo y no nos devoremos mutuamente. Yo le prometo guardar para mà todo lo que pueda ver...
-Y yo todo lo que pueda oÃr.
-¿Está dicho?
-Dicho está.
-Hela aquÃ.
Y la mano del primer interlocutor, es decir, cinco dedos ampliamente abiertos, estrecharon vigorosamente los dos dedos que flemáticamente le tendió el segundo.
-A propósito -dijo el primero-, esta mañana he podido telegrafiar a mi prima hasta el texto del decreto, después de las diez y diecisiete.
-Y yo lo he mandado a mi Daily Telegraph después de las diez y trece.
-¡Bravo, señor Blount!
-¡Muy bien, señor Jolivet!
-Me tomaré la revancha.
-Será difÃcil.
-Lo intentaré, al menos.