Miguel Strogoff

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Diciendo esto, el corresponsal francés saludó farniliarmente al corresponsal inglés, el cual, inclinando la cabeza, le devolvió el saludo con toda su ritual seriedad británica. A estos dos cazadores de noticias, el decreto del gobernador no les afectaba, ya que no eran ni rusos ni extranjeros de origen asiático. Si habían dejado Nijni-Novgorod, continuando adelante, era porque les impulsaba el mismo instinto; de ahí que hubieran tomado idéntico medio de locomoción y siguieran la misma ruta hasta las estepas siberianas. Companeros de viaje, amigos o enemigos, tenían por delante ocho días antes de que se «levantase la veda» Y entonces, que ganara el más hábil. 

Alcide Jolivet había hecho los primeros avances y, aunque a regañadientes, Harry Blount los había aceptado. Sea como fuere, aquel día el francés, siempre abierto y algo locuaz, y el inglés, siempre cerrado, comieron juntos en la misma mesa y bebieron un Cliquot auténtico a seis rublos la botella, generosamente elaborado con la savia fresca de los abedules de las cercanías.

Miguel Strogoff, al oír hablar de esta forma a Alcide Jolivet y Harry Blount, pensó:



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