Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -He aquí dos curiosos e indiscretos personajes a los que probablemente volveré a encontrar por el camino. Me parece prudente mantenerlos a distancia. La joven livoniana no fue a comer. Dormía en su camarote y Miguel Strogoff no quiso despertarla. Llegó la tarde y aún no había reaparecido sobre el puente del Cáucaso.
El largo crepúsculo impregnó toda la atmósfera de un frescor que los pasajeros buscaban ávidamente, después del agobiante calor del día. Con la tarde bien avanzada, la mayor parte de los pasajeros aún no deseaban volver a los salones o camarotes y tendidos en los bancos respiraban con delicia un poco de la brisa que levantaba la velocidad del buque. El cielo, en esta época del año y en estas latitudes, apenas se oscurecía entre la tarde y la mañana, y dejaba al timonel la luz suficiente para orientar el barco entre las numerosas embarcaciones que descendían o remontaban el Volga. Sin embargo, como había luna nueva, entre las once y las dos de la madrugada, oscureció un poco más y casi todos los pasajeros dormían entonces, reinando un silencio roto únicamente por el ruido de las paletas que golpeaban el agua a intervalos regulares.
Una cierta inquietud mantenía desvelado a Miguel Strogoff, el cual iba y venía por la popa del vapor. Sin embargo, una de las veces llegó más allá de la sala de máquinas, donde se encuentra la parte del barco reservada a los pasajeros de segunda y tercera clase.