Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Pero las bellezas naturales no parecían distraer, ni por un instante, los pensamientos de la joven livoniana. No tenía más que una preocupación: finalizar el viaje; y el Kama no era más que un camino para llegar a ese final. Sus ojos brillaban extraordinariamente mirando hacia el este, como si con su mirada quisiera atravesar ese impenetrable horizonte.
Nadia había dejado su mano en la de su compañero, volviéndose de repente hacia él, para decirle:
-¿A qué distancia nos encontramos de Moscú?
-A novecientas verstas -le respondió Miguel Strogoff.
-¡Novecientas sobre siete mil! -murmuró la joven.
Unos toques de campana anunciaron a los pasajeros la hora del desayuno. Nadia siguió a Miguel Strogoff al restaurante, pero no toco siquiera los entremeses que les sirvieron aparte, consistentes en caviar, arenques cortados a trocitos y aguardiente de centeno anisado, que servían para estimular el apetito, siguiendo la costumbre de los países del norte, tanto en Rusia como en Suecia y Noruega. Nadia comio poco, como una joven pobre cuyos recursos son muy limitados y Miguel Strogoff creyó que debía contentarse con el mismo menú que iba a comer su compañera, es decir, un poco de kulbat, especie de pastel hecho con yemas de huevos, arroz y carne picada; lombarda rellena con caviar y té por toda bebida.