Miguel Strogoff
Miguel Strogoff La comida no fue, pues, ni larga ni cara y antes de veinte minutos se habían levantado ambos de la mesa, volviendo juntos a la cubierta del Cáucaso. Se sentaron en la popa y Nadia, bajando la voz para no ser oída más que por él, le dijo sin más preámbulos:
-Hermano; me llamo Nadia Fedor y soy hija de un exiliado político. Mi madre murió
en Riga hace apenas un mes y voy a Irkutsk para unirme a mi padre y compartir su exilio.
-También yo voy a Irkutsk -respondió Miguel Strogoff-y consideraré como un favor del cielo el dejar a Nadia Fedor, sana y salva, en manos de su padre.
-Gracias, hermano -respondió Nadia.
Miguel Strogoff le explicó entonces que él había obtenido un podaroshna especial para ir a Siberia y que por parte de las autoridades rusas, nada dificultaría su marcha. Nadia no le preguntó nada más. Ella no veía más que una cosa en aquel encuentro providencial con el joven bueno y sencillo: el medio de llegar junto a su padre.
-Yo tenía -le dijo ella-un permiso que me autorizaba ir a Irkutsk; pero el decreto del gobernador de Nijni-Novgorod lo anuló y sin ti, hermano, no hubiera podido dejar la ciudad en la que me encontraste y en la cual, con toda seguridad, hubiera muerto.
-¿Y sola, Nadia, sola te aventurabas a atravesar las estepas siberianas?