Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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-¡Y me dices esto a mí, hermano, que hubiera ido a pie si hubiese sido necesario, para reunirme con mi padre!

-No dudo de tu coraje, Nadia, pero hay fatigas físicas que una mujer no puede soportar.

-Las soportaré sean cuales fueren -respondió la joven-. Y si oyes escaparse de mis labios una sola queja, déjame en el camino y sigue solo tu viaje. Media hora más tarde, tras la presentación de su podaroshna, tres caballos de posta estaban enganchados a la tarenta. Estos animales, cubiertos de pelo, parecían osos levantados sobre sus patas. Eran pequeños y nerviosos, de pura raza siberiana. El postillón los había enganchado colocando el más grande entre dos largas varas que llevaban en su extremo anterior un cerco llamado duga, cargado de penachos y campanillas, y los otros dos sujetos simplemente con cuerdas a los estribos de la tarenta, sin arneses, y por toda rienda unos bramantes.

Ni Miguel Strogoff ni la joven livoniana llevaban equipajes. Las exigencias de rapidez en uno y los modestos recursos en la otra les impedían cargarse de bultos. En estas condiciones esto era una gran ventaja, porque la tarenta no hubiera podido con los equipajes o con los viajeros, porque no estaba construida más que para llevar dos personas, sin contar el yemschik, quien tendría que sostenerse en su asiento por un milagro de equilibrio.


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