Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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La manera de sostener el ritmo de las caballerías adoptada por el postillón, hubiera llamado la atención de cualquier otro viajero que, sin ser ruso o siberiano, no estuviera acostumbrado a esta forma de conducir. Efectivamente, el caballo del centro, regulador de la marcha, un poco más grande que los otros dos, sostenía imperturbablemente, cualesquiera que fuesen las irregularidades del terreno, un trote largo y de una perfecta regularidad. Los otros dos animales parecían no conocer otro tipo de marcha que el galope, meneándose con mil fantasías muy divertidas. El yemschik no los castigaba, únicamente los estimulaba con los restallídos de su látigo en el aire. ¡Pero qué epítetos les prodigaba cuando se comportaban como bestias dóciles y concienzudas! ¡Cuántos nombres de santos les aplicaba! El bramante que le servía de guía no le hubiera sido de mucha utilidad con animales medio fogosos, pero las palabras na pravo, a la derecha, y na levo, a la izquierda, dichas con voz gutural, producían mejores efectos que la brida o el bridón.

¡Y qué amables interpelaciones surgían en tales ocasiones!

-¡Caminad palomas mías! ¡Caminad, gentiles golondrinas! ¡Volad, mis pequeños pichones! ¡ánimo, mi primito de la izquierda! ¡Empuja, mi padrecito de la derecha!


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