Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Pero cuando el ritmo de la marcha descendía, ¡qué expresiones insultantes les dirigia y que parecían ser comprendidas por los susceptibles animales!

-¡Camina, caracol del diablo! ¡Maldita seas, babosa! ¡Te despellejaré viva, tortuga, y te condenarás en el otro mundo!

Sea como fuere, con esta manera de conducir, que exigla más solidez de garganta que vigor en los brazos del yemschik, la tarenta volaba sobre la carretera y devoraba de doce a catorce verstas por hora.

A Miguel Strogoff, habituado a esta clase de vehículos y a esta forma de conducir, no le molestaban ni los sobresaltos ni los vaivenes. Sabía que un vehículo ruso no evita los guijarros, ni los hoyos, ni los baches, ni los árboles derribados sobre la carretera, ni las zanjas del camino. Estaba hecho a todo esto. Pero su compañera corría el peligro de lastimarse con los golpes de la tarenta, pero no se quejaba. Durante los primeros instantes del viaje, Nadia, llevada así a toda velocidad, permanecia callada. Después, obsesionada siempre con el mismo pensamiento, dijo:

-He calculado que debe de haber una distancia de trescientas verstas entre Perm y Ekaterinburgo, hermano. ¿Me equivoco?


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