Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Pero lo que es fácil durante el buen tiempo y a pleno sol, ofrece dificultades y peligros cuando los elementos luchan violentamente entre sí y el viajero se ve envuelto en la lucha. Miguel Strogoff sabía, por haberlo ya comprobado, qué era una tormenta en plena montaña, y con razón consideraba que es tan temible como las ventiscas que durante el invierno se desencadenan con incomparable violencia. Como no llovía aún, Miguel Strogoff había levantado las cortinas que protegían el interior de la tarenta y miraba ante él, observando los lados de la carretera, que la luz vacilante de los faroles poblaba de fantásticas siluetas. Nadia, inmóvil, con los brazos cruzados, miraba también, pero sin inclinarse, mientras que su compañero, con medio cuerpo fuera de la caja, interrogaba a la vez al cielo y a la tierra. La atmósfera estaba absolutamente tranquila, pero con una calma amenazante. Ni una partícula de aire permitía alentar. Se hubiera dicho que la naturaleza, medio sofocada, había dejado de respirar, y que sus pulmones, es decir esas nubes lúgubres y densas, atrofiados por alguna causa, no iban a funcionar más. El silencio hubiera sido absoluto de no ser por los chirridos de las ruedas de la tarenta, que aplastaban la grava del camino; el gemido de los cubos y ejes del vehículo; la respiración fatigada de los caballos, a los que faltaba el aliento, y el chasquido de sus herraduras sobre los guijarros, a los que sacaban chispas en cada golpe.