Miguel Strogoff
Miguel Strogoff El camino estaba absolutamente desierto. La tarenta no se había cruzado con ningún peatón, caballísta ni vehículo en aquellos estrechos desfiladeros de los Urales, a causa de esta noche tan amenazante. Ni un fuego de carbonero en los bosques, ni un campamento de mineros en las canteras en explotación, ni una cabaña perdida entre la espesura. Era preciso tener razones poderosas que no permiten vacilación ni retraso, para atreverse a emprender la travesía de la cordillera en esas condiciones. Pero Miguel Strogoff no había dudado. No le estaba permitido vacilar porque empezaba a preocuparle seriamente quiénes serían los viajeros que ocupaban la telega que les precedía y qué grandes razones podían tener para comportarse tan imprudentemente.