Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Miguel Strogoff quedó a la expectativa durante algún tiempo. Hacia las once, los relámpagos comenzaron a iluminar el cielo y ya no cesaron de hacerlo. A la luz de los rápidos resplandores se veían aparecer y desaparecer las siluetas de los pinos, que se agrupaban en diversos puntos de la ruta. Cuando la tarenta bordeaba el camino, profundas gargantas podían percibirse a uno y otro lado, iluminadas por la luz de las descargas eléctricas. De vez en cuando, un deslizamiento más grave de la tarenta indicaba que estaban atravesando un puente construido con maderos apenas encuadrados, tendido sobre algún barranco, en cuyo fondo parecía retumbar el trueno. Además, el espacio no tardó en llenarse de monótonos zumbidos que se volvían más graves a medida que subían cada vez más hacia las alturas. A estos ruidos diversos se mezclaban los gritos y las interjecciones del yemschzk, tan pronto alabando como insultando a las pobres bestias, más fatigadas por la pesadez del aire que por la pendiente del camino. Las campanillas de las varas no podían animarles ya mas y por momentos se les doblaban las patas.
-¿A qué hora llegaremos a la cima? -Preguntó Miguel Strogoff al yemschik.
-A la una de la madrugada... ¡si llegamos! -respondió éste moviendo la cabeza.
-Dime, amigo, no es ésta tu primera tormenta en la montaña, ¿verdad?