Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -No, ¡y quiera Dios que no sea la última!
-¿Tienes miedo?
-No tengo miedo, pero te repito que has cometido un error al querer partir.
-Mayor error hubiera cometido de haberme quedado.
-¡Vamos, pues, pichones míos! -replicó el yemschik, como hombre que no estaba allí para discutir, sino para obedecer.
En aquel momento se dejó oír un estruendo lejano, como si un millar de silbidos agudos y ensordecedores atravesaran la atmósfera calmada hasta aquel momento. A la luz de un relámpago deslumbrador, al que siguió el estallído de un terrible trueno, Miguel Strogoff vio grandes pinos que se torcian en una cima. El viento empezaba a desatarse, pero no agitaba todavía más que las altas capas de la atmósfera. Algunos ruidos secos indicaban que ciertos árboles, viejos o mal enralzados, no habían podido resistir los primeros ataques de la borrasca. Un alud de troncos arrancados atravesó la carretera, rebotando formidablemente en las rocas y perdiéndose en las profundidades del abismo de la izquierda, unos doscientos pasos delante de la tarenta. Los caballos se detuvieron momentáneamente.
-¡Adelante, mis hermosas palomas! -gritó el yemschik, mezclando los estallídos de su látigo con los ruidos de la tormenta.