Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Miguel Strogoff tomó la mano de Nadia y le preguntó:

-¿Duermes, hermana?

-No, hermano.

-¡Estate dispuesta a todo. He aquí la tormenta!

-Estoy dispuesta.

Miguel Strogoff no tuvo más que el tiempo justo para cerrar las cortinas de cuero de la tarenta. La tormenta llegaba como una furia.

El yemschik, saltando de su asiento, se lanzó a la cabeza de los caballos para mantenerlos firmes, porque un inmenso peligro amenazaba todo el atelaje. En efecto, la tarenta, inmóvil, se encontraba en una curva del camino por la que desembocaba la borrasca y era preciso mantenerla de cara al huracán para que no volcase y cayera al precipicio que franqueaba la izquierda de la carretera. Los caballos, rechazados por las ráfagas del viento, se encabritaban, sin que el conductor pudiera calmarlos. A las interpelaciones amigables les sucedían las calificaciones insultantes. Nada se conseguía. Las desgraciadas bestias, cegadas por las descargas eléctricas y espantadas por el estallído incesante de los rayos, comparable a las detonaciones de la artillería, amenazaban con romper las cuerdas y escapar. El yemschik no era ya dueño de la situación.


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