Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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-¡Vamos, pues, mis golondrinas! -gritó el yemschik, sujetando el caballo de la derecha, mientras Miguel Strogoff hacía otro tanto con el de la izquierda. Los caballos, así sujetos, reemprendieron penosamente la marcha. No podían inclinarse hacia los costados, y el caballo de varas, no estando empujado por los flancos, podía conservar el centro del camino; pero hombres y bestias, bajo la fuerza de las ráfagas de aire, no podían dar tres pasos adelante sin retroceder uno o dos. Resbalaban, caían, se levantaban. De este modo, el vehículo estaba en continuo peligro de volcar. Y si la capota no hubiera estado tan sólidamente sujeta, la tarenta se hubiera desrnantelado al primer golpe.

Miguel Strogoff y el yemschik emplearon más de dos horas en lograr remontar aquella parte del camino, que tendría media versta de largo como máximo, y que estaba tan directamente expuesta a la furia de la borrasca. El peligro entonces no estaba solamente en el formidable huracán que luchaba contra e atelaje y sus dos conductores, sino que, sobre todo estaba en los aludes de piedras y troncos derribados que la montaña despedía y arrojaba sobre ellos. De pronto, bajo el resplandor de un relámpago, se percibió uno de esos bloques de granito, moviéndose con creciente rapidez y rodando en la dirección de la tarenta. El yemschik lanzó un grito.


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